El valor de los veteranos

Hace unos meses uno de esos grandes periodistas de Radio Nacional, con quien he compartido redacción durante tres temporadas, hablando de la edad y las prejubilaciones, asumía sin otras contemplaciones las carencias de tener casi cincuenta y no haber superado la brecha digital. Con el respeto que siempre me ha merecido, me pareció injusto y alineado por el discurso oficial de los que aplican los ERE agarrados a excusas contemporáneas para no bajarse sus nada despreciables sueldos, un argumento derrotista, impropio de él, así que me arranqué a corregirle. En ese momento de complicidad y confianza surgieron anécdotas radiofónicas propias de jóvenes, siempre con delicadeza ante el asunto, y me contaba como ejemplo que hacía unas semanas, la edición ya cerrada de un Documentos, se tuvo que retocar poco antes de ser emitido porque la redactora que había locutado el programa llamaba a un teatro cine Price con pronunciación anglosajona, ‘prais’, y ¿quién iba a entenderlo? Era subsanable, pero valía el caso para subrayar que el periodismo necesita de la memoria.

Tuve esa enorme suerte de poder compaginar mis estudios de filología y periodismo con un trabajo en la Cadena Ser. La redacción de la radio era el motor de mis sueños, y no sólo el sueño cumplido de tener la oportunidad de hablar ante un micrófono y dar rienda suelta a la pasión de comunicar, sino el lujo de pasar por un aula llena de profesores que eran los profesionales de la difusión y que, la gran mayoría de las veces, te trataban como una compañera.

Las lecciones de los veteranos, el pulso y aplomo ante la vida misma retransmitida en directo o en diferido, jamás fueron contadas por alguno de mis profesores universitarios. Los ratos de cafetería entre boletín y boletín, contando anécdotas sobre políticos, personalidades de la sociedad, de la cultura, o de los oyentes que participaban en la antena, contados desde la perspectiva de los que llevan años escuchando, analizando, eran no sólo un divertimento impagable, sino otras maneras de aprender lo que la profesión implicaba.

Después de la Ser vinieron otros medios y siempre, al mirar hacia atrás, he de confesar que parte indispensable del privilegio de ser periodista ha sido la oportunidad de trabajar con los que llevan años viviendo de esto, maestros del oficio que conocen los trucos y azares, dónde están los terrenos resbaladizos y quién se apropia de los límites. Me he pasado la vida buscando referentes que he encontrado en el escritorio de al lado y ellos me han enseñado más que bloggeros, tuiteros o compañeros de redes con los que muchas veces no logro sino compartir información, actual, relevante, indispensable, pero con los que, si no hago el esfuerzo personal de rebasar algunas fronteras virtuales, no profundizo; no siempre.

Necesitaba dejar constancia de mi tristeza cuando un medio, cualquiera, justifica un despido por el peso de un “tuit”, y se olvida del valor de los años. Con esto no digo que no sea necesario el reciclaje, ni la renovación, no digo que no haya que dejar que miles de jóvenes empiecen a hacer su carrera y se les dé la oportunidad de demostrar cuánto buen periodismo se puede hacer con las nuevas herramientas; jóvenes como yo, por cierto, formados y al día en nuevas tecnologías. Sólo digo que habrá que buscar un modelo que no prescinda de los que, a sus cincuenta, aún tienen mucho que escribir o decir, y que el ejercicio, durante años, lejos de apagarles la vocación, envejecerles la perspectiva, la alimenta con todo lo contable y denunciable que surge cada día.

NO a los ERE injustificados.

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