Encontré a Cenicienta en el metro

Había alboroto de más en una de esas estaciones que suelen estar llenas de empleados de oficinas que mientras esperan imaginan sus próximas vacaciones en Tailandia. Avancé hacia donde estaba el tumulto de gente para satisfacer mi curiosidad e, inesperadamente, me tropecé con una joven pareja de recién casados, agasajados por una veintena de invitados y por la apática complicidad de los viajeros habituales de la estación de Baker Street. La novia sostenía su ramo de rosas blancas y rojas y él le apretaba  la mano derecha indicándole que no adelantara el paso que el tren estaba a punto de llegar. 

Cuando Charles Perrault escribió La Cenicienta  (Cendrillon ou La petite pantoufle de verre) seguramente sabía que la historia de la niña pobre, abandonada a su suerte en manos de una madrastra cruel, malvada y tirana (casi como la vida misma) y  rescatada por un príncipe que le pediría matrimonio para así poder convertirla en princesa, era el sueño más compartido de las muchachas que escucharían sus cuentos en la Francia de finales del siglo XVII. Hoy, trescientos años más tarde, aún bajo la influencia del mundo de Disney, que desde 1950 ha popularizado el sueño de Cinderella entre las mujeres occidentales, y en la ciudad más cara del mundo según TripAdvisor, el matrimonio no nos salva de la austeridad, ni siquiera el supuesto día más importante de nuestra vida afectiva.

Fotografía del Círculo Podemos Londres     La austeridad, ese mal que se extiende por el sur europeo y que ahora, mientras una parte de los británicos vive la excitación de una burbuja inmobiliaria que parece perdurar sin riesgo de explotarse, la otra se siente víctima  de ella y sale a la calle para pedir un NO rotundo a los recortes impuestos tanto por Europa como por el gobierno de los tories, y que afectan a sectores tan sensibles como la vivienda  o los trabajos y servicios públicos, subrayando las diferencias.

 “No more Austerity” “No Cuts” o “Bedroom Tax Kills” decían las pancartas de unas cincuenta mil personas que el pasado 21 de junio At Parliament Sq, No more Austeritymarcharon por el centro de Londres convocadas por la Asamblea de la Gente, junto con diferentes partidos y grupos de la izquierda del país, sin mucho eco por los medios de comunicación convencionales, apoyados por figuras tan representativas como Russell Brand o el alcalde de Tower Hamlets, para subrayar la necesidad de reiniciar un cambio en el sistema que aborte la creciente desigualdad, cada vez más obvia. Y no es Piketty manía.

A mediados de junio en una conferencia en el London School of Economics, Thomas Piketty superó todas las expectativas, llenó el aforo previsto y quedaron fuera decenas de estudiantes, economistas, activistas, curiosos y lectores de su libro de 30 pounds que ha abierto el debate sobre un sistema que divide radicalmente la sociedad entre princesas y cenicientas. El economista francés y su libro Capital han conseguido que hablemos de política hablando de economía. La desigualdad no produce crecimiento y, en este siglo XXI, cualquier partido que quiera redistribuir tendría que confiscar la riqueza, no sólo la renta. Demasiado polémico para pasar desapercibido.

¿Y afecta todo esto a los matrimonios?

Estamos en la mayor oleada de bodas desde cuando soldados británicos regresaron de la guerra en 1945. Serán los sociólogos los que nos hagan su lectura cuando pase el plazo necesario para el análisis, pero según los datos publicados las últimas semanas el número de matrimonios en Inglaterra y Gales aumentó en un 5,3 por ciento en 2012 a más de 262. 000 – el más alto nivel durante una década y uno de los mayores incrementos individuales desde principios de 1970, según la Oficina de Estadísticas Nacionales. El análisis del think-tank Fundación Matrimonio concluye que el aumento real podría ser de hasta 11% si se tienen en cuenta las estimaciones sobre el número de parejas que vuelan al extranjero para casarse. Otro dato reseñable es que aumentan elderly-weddinglas bodas entre los mayores de 65 años. El número de hombres entre 65 a 69 años que se casa aumentó un 25% en un solo año, mientras que el número de mujeres en el mismo grupo de edad aumentó en un 21%.  Más de nueve de cada 10 se han casado antes.

Quizá el poder del amor impere en este principio de siglo, pero es lógico que los analistas insistan en reconocer las ventajas del matrimonio en cuanto a las pensiones o para evitar un impuesto como el de la herencia del 40%. La longevidad es otra causa, vivimos vidas más largas y más saludables.

Volviendo a mi pareja de novios en Baker Street. No logré entrar en el mismo vagón, así que no podía parar de preguntarme si alguien les habría cedido el asiento a los novios, si con suerte pudieron sentarse juntos o si sólo uno de ellos atraparía un sitio libre que le sería ofrecido a la novia para que no estropease su traje beige de princesa de cuentos. Había personas mayores entre los acompañantes, cabría la posibilidad de que los pocos lugares libres fueran para ellos y, así,  novia y novio iniciaban la luna de miel con un ejercicio de equilibrio, apretándose las manos, mirándose a los ojos, mimando las flores nupciales y pendientes a no perder la estación de destino, contra la elegante verticalidad de los tacones también beige y la velocidad del metro.

El director de cine documental Doug Block acaba de estrenar en la cadena norteamericana HBO el documental 112 weddings.  El clásico BBC (bodas, bautizos y comuniones) ha sido parte de su oficio y, después de dos décadas de rodar este tipo de ceremonias, los protagonistas de sus películas le cuentan la experiencia del matrimonio con perspectiva. La idea no es nueva pero el tratamiento es atractivo. En una entrevista al director le preguntan si condiciona la celebración de la boda, el gasto o la inversión realizada,  el posterior éxito del matrimonio y, afortunadamente, responde que no,  revela que en el documental  la mayoría de las parejas lamentan haberse gastado tanto dinero en ese día. Las declaraciones me tranquilizan después de haber encontrado a Cenicienta, el mismo día del “Sí, quiero”, en el metro.

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