De los mexicanos se dice en el resto de América Latina que tienen el acento neutro, y escuchándoles he retomado mi viejo debate interno sobre todas las intolerancias, como las lingüísticas.

México tiene acento. No uno, muchos acentos. Como ocurre en España, Reino Unido o Estados Unidos. El señor del kiosco ambulante no me habla como el director de la Universidad Panamericana, y la joven que me saluda en la recepción de una agencia, usando el mismo español, no se parece a ninguno de los otros dos.
Alguien me decía que se ha puesto de moda un modo de hablar “cool” muy distintivo entre la gente bien y, por extensión, muchos lo adoptan, como ocurre con la R.P (Received Pronunciation) en Inglaterra, o con la imitación del vallisoletano porque se considera que está exento de cantaleta. Percibo que el muchacho del Uber que me lleva a Colonia Nápoles tiene algo de esa entonación. Le pregunto por sus cotidianidades y, voilá!  ahí aprovechó para contarme su historia universitaria y de su empresa, y sus fines de semana en los “antros” de la zona “nice” de la Ciudad… en definitiva, que quede claro que no es un conductor de Uber.

El catedrático de la voz Vicente Fuentes me entrenaba para neutralizar mi acento mientras trabajaba en la radio, y yo me quejaba de lo absurdamente difícil que me parecía. Me apuntaba habitual y certeramente: “A ti te arrulla el Atlántico, es lógica la desconexión con Castilla”. Hoy lo recuerdo como una anécdota pero, desde entonces, observo con desazón todos los muros construidos artificialmente para diferenciarnos e igualarnos/neutralizarnos.

Identificamos lo distinto. Etiquetamos. Rechazamos. Tememos. Aceptamos.

Hoy he visto barrios populares, casas chiquitas de paredes viejas que se agolpan las unas a las otras en calles de negocios familiares, desde la cerrajería al cirujano. Se anuncian con carteles de colores intensos en letras dibujadas con brocha gorda y casi siempre fuera, en las aceras hay una o dos sillas. En medio del caos la imagen de una virgen rodeada de banderitas rojas y blancas, luces de colores y, en sus pies, hay una ofrenda, una bandeja de postres.

A tan sólo unos metros están las viviendas de tres o cuatro pisos, blancas, con balcones intransitados desde donde se ve un jardín que tiene su valla de matas geométricamente cortadas delimitando el espacio entre vecinos, que a su vez, como comunidad, se protegen con otra pared alta que permite no ver más allá de la zona residencial. A tan sólo unos metros.


A los mexicanos y a todos no nos debería exaltar tanto la construcción del muro en la frontera de Trump. Es nuestro día a día levantar barreras limitantes. Impermeables. Yo no soy tú. Cuando lo aceptemos y nos entre la rebeldía con un ataque de tolerancia colectiva, a mí tampoco me dará por sacar fotografías de susto al ver carteles como este:

Es la identidad nacional del lenguaje que evoluciona. Con acento mexicano.

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