Fracaso. O el viaje de las grandes expectativas 

Faltan 4 horas para llegar a Bogotá, me levanto a tomar agua y coger algo de fruta. Hay un señor de unos 70 años estirando las piernas, le acompaña una mujer joven que podría ser su hija. Observé sus pies con calcetines verdes y la mirada serena, en silencio, matando el tiempo cuando ya ha oscurecido y sólo brillan entre los pasillos las pantallas individuales que ofrecen películas y series de televisión. Vuelvo al asiento y pienso en papá y mamá, en cómo pasarían un viaje tan largo en este momento, cuando me doy cuenta de que existe la posibilidad de que no haya más viajes de doce horas para ellos.

El tiempo, el paso del tiempo, su velocidad gongorina, tan lenta cuando el futuro parece infinito, tan rauda cuando el futuro no es parte de ningún plan. El tiempo, el inasible testigo de cuantos dolores preceden a este momento, los nuestros, los de otros. La felicidad siempre en un frasquito transparente de tapa de plata, guardando los diamantes de una vida, hermética,  para que no les entren los peros.

Vuelvo a papá. Me apetece preguntarle si en el caso de no poder viajar de nuevo atravesando el Atlántico se sentiría fracasado. Imagino las posibles respuestas. Las genuinamente reales y las que sortean la pregunta, porque no es cómodo hacer ese otro viaje a la verdad, ni fácil. ¿Cuándo hemos fracasado? ¿En qué momento decidimos que vale la pena etiquetar una decisión, una experiencia, una vida o un trocito de ella como un fracaso?

Yo también hice mi lista de cosas que hacer antes de morir, y sin tener ni idea de cuánto me queda, sin llegar a los 40, ya algunas las marqué y les puse la etiqueta de “low importance”. No aprenderé cuatro idiomas, no veré 100 países, intuyo que ya no viviré seis meses en Nueva York o en Cuba, probablemente no haré el periplo del Ché en bicicleta, nunca quise leer una lista de mil libros que hay que leer, pero ahora dudo de poder acabar mi doctorado. Correr medio maratón empieza a hacerse cuesta arriba (no imposible) pero tener las piernas de Gwyneth Paltrow ya no pasa ni en mis sueños. Ya calculé que es muy improbable que le cuente cuentos a un puñado de nietos, porque si mis futuros hijos decidieran ser padres a mi edad, yo seré una señora de vista limitada y cansancio atroz de casi 90 que preferirá contarles historias reales de cómo la vida se va en un soplo. ¿Habré entonces fracasado?

Henry Miller en su libro “The World of Sex” escribió: “The dinosaur had has his day for ever. The caveman had his day and is no more. The ancestors of the present race still linger on, despised, neglected, but not yet buried. They are all reminders – of things that were and of things to come. They too had their dreams, dreams from which they never awakened. (…) The Eden of the past is the utopia of the future. Between stretches the endless present, the now, in which things are the way they are, and just because it is thus and not otherwise we have all we desire, all we need, like the fish in the ocean… (…) and is that not enough?”*

Debería llamar a abuela antes de publicar este post. Casi estoy segura de que en su vida sencilla y llena de esfuerzos, con 86 años de perspectiva, no ha habido espacio para el sentimiento agrio del fracaso. Ni del éxito. Ambos atormentadores, tan subjetivos, tan vacuos, tan innecesarios.

Recuerdo la tan reconfortante como conformista escena final de Great Expectations, cuando Ethan Hawke y Gwyneth Paltrow se encuentran un día cualquiera del futuro en la terraza del paraíso en Florida para pasar página y sincronizar todas las esperanzas.

Creo que alguien nos debería despertar del sueño nocivo de las grandes expectativas.

*”El dinosaurio tuvo su día para siempre. El hombre de las cavernas tuvo su día y ya no lo tendrá más. Los antepasados de la raza actual todavía persisten, despreciados, descuidados, pero aún no enterrados. Todos son recordatorios – de las cosas que eran y de las cosas por venir. Ellos también tenían sus sueños, sueños de los que nunca despertaron. (…) El Edén del pasado es la utopía del futuro. Entre los estiramientos el presente sin fin, el ahora, en el que las cosas son como son, y sólo porque es así y no de otra manera tenemos todo lo que deseamos, todo lo que necesitamos, como los peces en el océano … (…) y es así  ¿no es suficiente?”

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